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EL HOMBRE


RENUNCIAMIENTOS

Toda la existencia de José de San Martín es un constante tira y afloja entre el impulso y el renunciamiento. Donde el peligro, la dificultad, la necesidad le impulsan a avanzar, a vencer, el objetivo conseguido, la victoria alcanzada, el provecho próximo y la gloria al alcance de la mano le dejan frío, indiferente y le inclinan a renunciar olímpicamente. La renunciación parece el lujo supremo de este espíritu selecto, siempre tan rico en el dar como parco en el pedir. Por otra parte, su existencia se ciñe a la sencillez más absoluta y austera. He aquí cómo, punto por punto, la describe uno de sus biógrafos más notables.

Se levanta de madrugada a trabajar hasta el mediodía - dice -; almuerza de pie y su ración consiste en puchero, postres caseros, dos copas de vino y una taza de café; fuma un cigarro negro, al que es muy aficionado; duerme una breve siesta bajo el corredor de su casa, sobre cuero crudo, porque es muy fresco; se levanta después para seguir trabajando hasta la noche, en que su cena es frugal. Durante la jornada conversa y escribe; revisa hombres y animales; inquiere armas, provisiones y utensilios en el campamento; sale, a veces, por el campo a conocer la tierra y las gentes. En la velada familiar juega una partida de ajedrez y a las diez de la noche se retira a dormir.

Este cuadro coincide muy bien con la conocida y bellísima semblanza trazada por José Martí, cuando dice:

San Martín, grande y sereno, alto y de tez obscura; de soberanos, penetrantes ojos; de selvoso y negrísimo cabello; la nariz prominente y aguileña; los labios finos, llenos siempre de enérgicas y vívidas palabras; y en su levita azul con charreteras y pantalones de galón de oro, militar imperante, austero y culto, de tan visibles dotes, que con oírle hablar aparecía su superioridad considerable entre, sus contemporáneos, y tan tierno y profundo en sus afectos, que, de ver tan grande hombre, se consolaban los demás de serlo.” Y, sobre todo, cuando añade: “Triunfó sin obstáculo, por el imperio de lo real aquel hombre que se hacía el desayuno por sus propias manos, se sentaba al lado del trabajador, veía porque herrasen la mula con piedad, daba audiencia a las muchas gentes que a verle venían en la cocina - entre puchero y el cigarro negro -, dormía al aire, en un cuero tendido.

Uno de sus renunciamientos lo detalla Carlos R. Centurión:

En 1812, como jefe del Regimiento de Granaderos a caballo, renunció a la mitad de su escaso emolumento a favor del Estado. Es el principio de una cadena de honor que hoy es orgullo del ejército argentino. En los comienzos de 1815, el Directorio lo designó General de brigada, en despacho firmado por Alvear. El agraciado declinó el ascenso, expresando en una carta famosa: jamás aceptaré nuevos ascensos. Vencida España, haré dejación de mi empleo para retirarme a pasar mis enfermos días en la soledad”.

En 1816- continúa la enumeración - renunció a la mitad de su sueldo como Gobernador de Mendoza. En la misma época se negó a aceptar la donación de doscientas cincuenta cuadras que el Cabildo de aquella ciudad hiciera a su hija Mercedes, sugiriendo que se reservasen dichos terrenos para premiar a los oficiales del Ejército de los Andes que se distinguiesen al servicio de la patria.”.“En 1817, después de Chacabuco, San Martín fue elegido para ejercer el gobierno de Chile. Fiel a su norma, declinó el honor. Fue electo, en consecuencia, el General Bernardo O'Higgins como director de su patria.

En días posteriores a aquella victoria, el Libertador resolvió emprender un viaje a Buenos Aires. El Cabildo de Santiago, al ser informado, votó la suma de diez mil pesos para obsequiarle como viático. El premiado rehusó el obsequio y “destinó el dinero para la creación de una biblioteca pública que perpetúa la memoria de la Municipalidad". “La ilustración y el fomento de las letras - dijo entonces - es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia y hace felices a los pueblos.” “El Gobierno de Buenos Aires, con motivo de recibir el parte y los trofeos de Chacabuco, comunicó a San Martín su ascenso a Brigadier General. El héroe declinó nuevamente el honor. El Cabildo de Santiago, atento a que el Libertador había rechazado la suma a que ya hicimos referencia, insistió en su propósito y le donó una chacra en la vecindad aledaña de aquella ciudad. Y esta vez aceptó el obsequio, más para que se destinase una parte de sus productos al hospital de mujeres y otra a costear un vacunador para combatir la viruela. Por dos veces, además, hizo renuncia al cargo de comandante en jefe del Ejército de los Andes, antes de la campaña del Perú, y, conquistarla la independencia de este país, en Agosto de 1821 prometió hacer lugar al gobierno que los pueblos del Perú tuviesen a bien elegir, cuya forma y modo determinarán los representantes de la nación peruana, promesa que cumplió un año después.

Después de Chacabuco, no es, pues, San Martín quien queda al frente de los destinos de Chile, sino su amigo y compañero de armas, el chileno O'Higgins. El será quien firme el Acta de declaración de la Independencia chilena (2 de Febrero de 1818) y la lea solemnemente ante las tropas. Pero la resistencia del ejército realista es, en Chile, más obstinada que en parte alguna. Y el anhelo de libertad de los “Independientes” no se detiene ante ninguna posible frontera: les es preciso ir siempre más allá, más allá. La misión de San Martín no ha terminado con el paso de los Andes: ahora es nombrado Generalísimo del que se denomina “Ejército Unido de los Andes y de Chile”, y, aunque se encuentre enfermo y algo cansado, su estrella no le permite reposar.

El 19 de Marzo de 1818, hallándose acampados los “soldados de la libertad” en la llanura de Cancha Rayada, caen sobre ellos, de noche y por sorpresa, cuatro mil realistas al mando del intrépido Ordóñez. La derrota es inevitable y el descalabro de las tropas de América muy serio. O'Higgins queda herido y San Martín realiza esfuerzos sobrehumanos para reunir a los dispersos y continuar adelante. Aún no está todo perdido; aún puede reorganizarse el “Ejército Unido” con unos cinco mil valientes. La única consigna posible es avanzar siempre, avanzar.